Primero fue ejecutar música en el piano a cuatro manos, una expresión que se convirtió en metáfora. Ahora se puso de moda que, al finalizar un programa de radio o televisión, su conductor dialoga con el del programa que le sigue en una instancia “a cuatro manos”.
Otra modalidad actual, también a cuatro manos, pero esta vez eclesiástica, parece ser la de los últimos papas. El primer documento que escribe un pontífice y que suele ser considerado la carta programática de su pastoral, según este estilo consiste en un texto inconcluso del anterior que el nuevo completa y hace suyo. Resulta complejo diferenciar cuál es la parte de cada uno. Si bien formalmente pertenece al último, en la realidad es de los dos.
Ejemplos recientes: Lumen Fidei, la primera encíclica del papa Francisco, fue elaborada a cuatro manos con Benedicto XVI, el pontífice que le antecedió. Dilexi Te, la primera exhortación apostólica de León XIV, también fue escrita a cuatro manos, entre éste y Francisco. No fue la actitud de Pío XII, quien discontinuó la redacción de una encíclica que su antecesor Pío XI no llegó a publicar, consistente en una condena del antisemitismo.
Esta escritura conjunta, más allá de que por motivos obvios solo la rubrica el papa que llega, en cierto modo transmite un mensaje: sugiere una continuidad de los pontificados, aunque hasta cierto punto limitada, porque cada uno es cada uno y Francisco fue un papa muy distinto a Benedicto. Pero, al mismo tiempo, constituye un signo de unidad.
Algunos vaticanistas sugieren, con cierta lógica, pero también con una visión un tanto superficial, que a un papa reformista suele sucederlo otro conservador y viceversa. Sin embargo, esta teoría, igual que la de que el que entra papa al cónclave sale cardenal (en la última elección sería el caso de Parolin) no pasa de ser una hipótesis imaginaria. De otra parte, en la transición entre Francisco y León hubo una cierta convicción de que no se podía volver atrás. Estas y otras contingencias son la sustancia de la que está escrito El último cónclave, reciente libro de Elisabetta Piqué y Gerard O’Connell.
Si toda elección inaugura una serie de expectativas, en ésta comenzaron también las especulaciones, y más si el universo de quienes componen el pueblo que va a ser gobernado asciende a la friolera de 1400 millones de almas. En el cónclave del que emergió León XIV se esperaba que hubiera las dos cosas: una continuidad y una diferencia, como así fue.
Desde que Robert Prevost dijo “acepto” (en latín) cuando Parolin le interrogó sobre su nominación, terminó el cónclave y comenzó una guerra por la apropiación del pontífice entre conservadores y progresistas.
En esta ocasión, a un papa disruptivo como Francisco los cardenales han decidido (sin romper con el anterior, sino, al contrario, continuándolo), que le suceda otro muy diverso. Son circunstancias y personas diferentes. Pero el transcurso del tiempo va poniendo en evidencia que las reformas incoadas por Francisco forman, aunque de diverso modo, parte del programa leoniano. ¿Un pontificado a cuatro manos?
Ahora estamos frente a una nueva experiencia a cuatro manos: el libro escrito por Piqué, corresponsal de La Nación en Roma, y su cónyuge, el vaticanista O’Connell. Ambos exhiben pergaminos suficientes para acreditar un buen resultado, concretado en una escritura fresca y ágil, y no por eso menos profunda. Sin internarse en especulaciones gratuitas, escriben capítulos de manera alternativa para brindar un panorama claro y acabado de un acontecimiento tan singular y complejo como lo es la elección de un pontífice romano.
El libro constituye un diario de lo acontecido en los ambientes curiales en el periodo que va de la muerte de Francisco a la elección de León. Se trata de una materia harto delicada, en la que no es fácil mantener un equilibrio entre las formalidades y el imaginario que inevitablemente irrumpe en los casos en los que no hay información oficial, sino un más que hermético silencio.
A pesar de que el resultado es conocido, los autores logran mantener al lector atento a los avatares muchas veces sutiles del itinerario electivo que ellos señalan con discreción y acierto, lo que no es poco mérito. En este sentido, uno y otro ofician como guías de un museo o de una excursión turística, ilustrando pero al mismo tiempo señalando los detalles importantes y los factores que hay que tener en cuenta para apreciar mejor los objetos, los personajes y los aconteceres. El resultado es un mejor aprovechamiento en el disfrute del campo visual, pero también y sobre todo, una comprensión mucho más profunda del mismo.
Otro de los atractivos de la crónica es un cierto tono intimista que vuelve más amigable y más agradable su lectura. La unión de lo trascendente y lo cotidiano transmite una naturalidad al relato. No es una sucesión de hechos cruciales lo que los autores expresan, sino la recreación de un clima muy especial en el que la fe ocupa un lugar central, pero al mismo tiempo se conjuga con situaciones muy humanas que también es necesario ponderar, si no se quiere incurrir en una visión edulcorada y por lo tanto incompleta de la realidad.
Piqué y O’Connell no escatiman información, lo que denota una gran profesionalidad, pero al mismo tiempo tampoco se sitúan en un nivel de expertos encerrados en la torre de marfil de unos tecnicismos incomprensibles para el común de los lectores. Ponen a nuestro alcance una mirada que transmite al mismo tiempo la pequeñez de lo cotidiano y la grandiosidad de la materia que tenemos entre manos. Nos muestran un paisaje representado en una obra de arte en el que el artista se apropia de los ojos del lector y los eleva a una dimensión a la que no podría acceder por su cuenta.
No es lo mismo asistir a un recital o mirar un partido de fútbol en la televisión que presenciarlo en carne viva. Puedo decirlo como testigo, porque viví todo este proceso desde la Piazza san Pietro, sumergido en una multitud ansiosa y anhelante de atisbar en el cielo romano una fumata bianca.
Fueron unos días inolvidables para cualquiera que haya vivido esa experiencia, que rara vez suele suscitarse en la vida de un creyente. Convivieron allí, en jornadas preñadas de una gran emoción, silencios expectantes, estallidos de alegría y ojos poblados de lágrimas. Pero sobre todo estaba presente la íntima convicción de que la historia que se estaba escribiendo en esos momentos era también la nuestra y reflejaba un querer divino que nos hacía temblar ante el abismo insondable del amor cristiano. Habemus papam.


