Semanas atrás discutimos desde este espacio la palabra pasivo y por qué suele ser una de las más malinterpretadas en el mundo de las finanzas personales. En esa misma línea de conceptos que suelen generar confusión, hay otra palabra que merece atención: activo. Y no está muy lejos en cuanto a los errores que puede provocar.
Cuando escuchamos activo, muchos piensan en algo positivo. Algo que implica movimiento, trabajo, esfuerzo; estar haciendo algo, básicamente. El problema es que, en finanzas personales, esta asociación suele ser equivocada, ya que se mezcla el término activo con ideas como ingreso laboral o dedicación personal, cuando en realidad el concepto va por otro camino.
Por eso es común ver errores como estos: personas que creen estar sumando activos cuando en realidad están asumiendo nuevas cargas, o que valoran más el esfuerzo que ponen en algo que el impacto real que eso tiene en su economía.
Comprender bien estos términos no es un ejercicio teórico ni una discusión para expertos, sino más bien un ejercicio útil para ajustar nuestros hábitos financieros a partir de definiciones claras y no de intuiciones o frases repetida.
En la columna de hoy vamos a repasar tres casos en los cuales se usa la palabra activo dentro del mundo financiero. Veremos qué significa en cada uno, dónde suelen surgir los errores y cómo podemos usar ese conocimiento para tomar mejores decisiones.
¡Comencemos!
El ingreso activo depende directamente del tiempo, la presencia y la ejecución personal. Se genera solo mientras la persona trabaja; si la actividad se interrumpe, el ingreso se corta. No proviene de un activo financiero, sino de una acción o servicio prestado. El sueldo, los honorarios profesionales, los pagos por presentaciones artísticas o las comisiones por ventas tienen algo en común: en general requieren presencia, tiempo y acción constante. Si por alguna razón ese trabajo se interrumpe (ya sea por elección, por un problema de salud o por un cambio en el entorno) el ingreso se corta. No hay una separación real entre la persona y el dinero que recibe. En estos casos, el ingreso no proviene de un activo, sino de una actividad.
Un activo generador de ingresos funciona con otra lógica. Está diseñado para seguir produciendo dinero sin que la persona tenga que intervenir todos los días. Por ejemplo, bonos que pagan cupones, ETFs que distribuyen dividendos o una propiedad en alquiler pueden seguir generando ingresos aunque el dueño esté de vacaciones, enfermo o incluso sin hacer nada. El ingreso viene del funcionamiento del activo, no del esfuerzo diario de su propietario.
Tener un ingreso activo alto puede ser muy positivo, pero eso no convierte automáticamente a quien lo recibe en alguien con activos. Comprender esta diferencia es fundamental. Es la línea que separa trabajar para ganar dinero de tener dinero que trabaja para uno.
Otra confusión muy común aparece cuando se piensa que tener algo valioso es lo mismo que tener un activo útil para las finanzas personales. Pero no todo lo que se considera un “activo” desde lo patrimonial contable cumple la misma función económica en el día a día. Y esa diferencia, muchas veces, pasa desapercibida... hasta que el flujo de dinero empieza a apretarse.
Un activo que se aprecia con el tiempo no genera ingresos mensuales, pero su valor puede crecer a largo plazo. Por ejemplo, acciones de empresas en expansión, Bitcoin o tierras productivas. En estos casos, la función no es generar caja ahora, sino conservar o aumentar el patrimonio con el paso del tiempo. Son activos que actúan sobre el balance personal, no sobre el efectivo disponible cada mes. Mientras no se vendan, no aportan dinero. Pero sí pueden fortalecer mucho la situación financiera futura.
En cambio, un activo que genera gastos tiene valor de mercado, pero implica egresos constantes para mantenerse. Un auto que se usa solo para fines personales, o una segunda vivienda sin alquiler, son ejemplos claros. Desde lo contable, sí, son activos: tienen precio y se pueden vender. Pero en la práctica financiera de todos los días, consumen recursos. Exigen mantenimiento, seguros, impuestos, servicios... y suelen perder valor con el tiempo.
Un caso simple lo muestra bien. Dos personas invierten la misma cantidad de dinero. Una compra acciones de una empresa que no paga dividendos pero reinvierte sus ganancias y crece. Durante años no recibe efectivo, pero el valor de su inversión aumenta. La otra persona compra un auto que no usa para generar ingresos. Cada mes paga patente, seguro, mantenimiento... y además, el auto se va depreciando. Ambas poseen un “activo”, pero solo una está mejorando su patrimonio sin afectar su flujo mensual.
Un activo apreciable puede no generar ingresos y seguir siendo una decisión estratégica. Un activo que genera gastos puede parecer valioso, pero actuar como una carga oculta. La clave no está en cómo se llama el bien, sino en cómo impacta en tu dinero mientras lo tenés.
Una tercera confusión común con la palabra activo aparece cuando se mezcla con el nivel de intervención que necesita una inversión. Se habla de “gestión activa” o “actividad pasiva” como si esos términos definieran el tipo de activo en el cual se invierte. Pero no es así. Lo que describen es el estilo de gestión, no la función financiera del bien.
Gestionar activamente una inversión implica tomar decisiones con frecuencia, hacer seguimiento, ajustar posiciones y dedicarle tiempo. Es un enfoque que demanda atención y criterio, pero eso no transforma automáticamente a lo gestionado en un activo financiero, ni le quita esa condición si no se interviene tanto.
Por ejemplo, una cartera de acciones que se opera todos los días (daytrading) puede estar compuesta por activos reales, pero más que nada, necesita una gestión activa para poder tener posibilidades de prosperar.
La actividad pasiva, en cambio, se basa en una gestión mínima o puntual. Inversiones como bonos mantenidos hasta su vencimiento, ETFs pensados para el largo plazo o participaciones que no requieren decisiones constantes, pueden mantenerse durante años con muy poca intervención. Que no se gestionen activamente no los hace menos valiosos. Siguen siendo activos si cumplen una función en el patrimonio o en la generación de ingresos.
Confundir estilo de gestión con la naturaleza del activo lleva a errores de interpretación. Algo no es “más activo” porque te demande más tiempo, ni “más pasivo” porque apenas lo toques. La pregunta clave es otra: ¿qué función cumple dentro de tu sistema financiero?
Entender esto permite decidir mejor en qué vale la pena poner energía, capital y expectativas.
La confusión en torno a la palabra activo no es solo una cuestión de definiciones, sino más bien un problema de consecuencias. Cuando se mezclan conceptos como ingreso y esfuerzo, patrimonio y gasto, o gestión y valor financiero, lo que se genera es desorden, o un sistema personal en el que se trabaja mucho, pero se decide mal. Y no porque falte acción, sino porque no queda claro qué está haciendo cada cosa dentro del conjunto.
Un activo no se define por cuánto movimiento genera, ni por el tiempo que exige, ni siquiera por si produce ingresos de inmediato. Se define por su función económica. ¿Aporta flujo? ¿Construye patrimonio? ¿O, por el contrario, consume recursos sin devolverlos? Si no se mira desde esa lógica, el riesgo no es solo conceptual, también es práctico: se terminan sosteniendo estructuras que producen erogaciones de dinero mientras se cree que están fortaleciendo las finanzas.
Poner orden en las finanzas personales empieza por ordenar el lenguaje. Nombrar bien ayuda a pensar mejor. Cuando cada ingreso, cada bien y cada decisión ocupa el lugar que le corresponde, el esfuerzo se vuelve parte de una estrategia.
¡La seguimos la semana que viene con más material de finanzas personales e inversiones!

