Hace muchas realidades, en el corazón de la Sierra Madre, se erigía el Reino de Eterna Armonía, un vasto territorio donde el sol parecía brillar solo por decretHace muchas realidades, en el corazón de la Sierra Madre, se erigía el Reino de Eterna Armonía, un vasto territorio donde el sol parecía brillar solo por decret

Ícaro, Casandra, CITEL y el Reino de la Eterna Armonía

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Hace muchas realidades, en el corazón de la Sierra Madre, se erigía el Reino de Eterna Armonía, un vasto territorio donde el sol parecía brillar solo por decreto real. El monarca, el sabio rey Icaro, había heredado un legado de control absoluto. "Para asegurar la lealtad de todos los ciudadanos", proclamaba en sus edictos, "es imperativo controlar directamente todas las instituciones de gobierno". Así, el palacio real extendía sus tentáculos invisibles hacia cada rincón: los tribunales, las academias, los mercados y hasta las granjas. No había juez que no jurara fidelidad al trono, ni maestro que no enseñara solo las verdades aprobadas. Para facilitarles el trabajo, se escribieron nuevos capítulos y se censuraron otros.

Los súbditos bendecidos vivían en su ilusión de paz. Icaro supervisaba personalmente las reuniones de los consejos locales, donde se decidía desde el precio del trigo hasta el color de las banderas en las festividades. Cualquier desviación era vista como una amenaza al orden divino, y los funcionarios disidentes eran reasignados a puestos remotos, donde su voz se perdía en el eco de las montañas. Los peores eran arrastrados por las calles, obligados a acarrear desnudos una placa de hierro identificando su pecado con la palabra maldita de cuatro letras, “fifí.”

Pero el verdadero genio de Ícaro radicaba en la gestión de las mentes. Los trabajadores, funcionarios, soldados, labradores y artesanos eran el pilar de la sociedad. "Para evitar distracciones", argumentaba el rey en sus consejos privados, "debemos controlar los contenidos a los que acceden". Así nació el Ministerio de Información, implantando un sistema de mensajeros y pergaminos filtrados que solo permitía noticias que reconfortaban el alma de los lectores.

Los libros de otros reinos eran denostados y quemados en fogatas de purificación. Los otros, mediante el veneno escrito, querían derrumbar los logros de la cuarta dinastía. Las canciones populares se reescribían para exaltar la generosidad real, y los viajeros eran interrogados exhaustivamente antes de entrar y sus relatos eran editados para prevenir equivocaciones ilegales. Para evitar el descontento, se sofocaba con promesas de pan y circo, distribuidas en plazas públicas donde los heraldos recitaban loas al rey.

Silenciosamente, se erigieron academias de lealtad, donde los jóvenes aprendían que la obediencia era sinónimo de prosperidad y que cualquier pregunta era redirigida a himnos de gratitud.

Lo crucial era prevenir las críticas malintencionadas. "Siempre hay envidiosos, odiadores por naturaleza", susurraba el rey a sus consejeros más cercanos. Los otros siempre buscaban la ruina de la patria. Los otros renegaban de su legado recién insertado en los libros de historia. Eran simples disidentes internos que lanzaban dardos venenosos por envidia de la perfección de Eterna Armonía.

Para contrarrestarlos, se crearon las Brigadas de Verdad, guardianes que patrullaban plazas y tabernas, silenciando murmullos con castigos sutiles: exilios disfrazados de promociones o aislamiento en centros de readiestramiento. Cada crítica era una puñalada ilegítima, un acto de traición innata, un defecto humano que solo el control podía curar. Se establecieron redes de informantes en cada aldea, en las que vecinos vigilaban a otros vecinos y reportaban cualquier susurro de insatisfacción. Icaro, en sus noches de insomnio, revisaba personalmente los informes, marcando nombres con tinta roja para acciones inmediatas. "La envidia es una plaga", decretaba, "y nosotros somos los sanadores".

Un día, el reino decidió expandir su influencia más allá de sus fronteras. Icaro, ambicioso y visionario, solicitó unirse a la Comisión Internacional de Transmutación Espiritual para la Longevidad (CITEL), una asamblea de monarcas en la que se discutían alianzas, comercio y tratados para mejorar el intercambio de información entre sus miembros. El foro, ubicado en la Ciudad de las Cumbres, reunía a reyes de todo el continente.

Sin embargo, Ícaro lo miraba con desdén, CITEL representaba un riesgo inaceptable, pues permitía voces cercanas y ajenas entre sus columnas. Apenas admitido, el rey envió emisarios con una demanda audaz: la expulsión de antiguos funcionarios, tanto de su propio reino como de otros. Imposible progresar si se cuestiona el camino.

Entre ellos destacaba Ronin Miyamoto, un exministro de Eterna Armonía que años atrás había huido, acusando al rey de tiranía. Miyamoto, con su vasta experiencia en diplomacia, ahora asesoraba a reinos vecinos en el foro, revelando en debates acalorados las manipulaciones de Icaro. Otra era Helena, de un reino aliado, cuya sabiduría había revelado irregularidades en algunas agencias de Eterna Armonía.

"Estos traidores socavan el bien común", argumentó el rey en su misiva, sellada con el emblema real. "Sus críticas no son constructivas, sino fruto de envidia y odio". La asamblea, sorprendida por la vehemencia, accedió a la petición.

La asamblea, dividida entre lealtades y principios, accedió. Icaro regresó triunfante, fortaleciendo su red interna mediante nuevas leyes de decencia y moral. "El bien común solo puede concebirse en secreto". Las discusiones abiertas solo invitan al caos; mejor sería que los súbditos recibieran beneficios de sus autoridades sin cuestionar. "Es una bendición", decía, "no un derecho".

Pero en las sombras, cada vez más se susurraba: ¿era control o cautiverio? El reino prosperaba bajo los edictos reales que anunciaban cosechas abundantes, nunca vistas por el pueblo.

No obstante, alrededor de esta fachada, la seguridad se desmembraba: patrullas reales, incapaces de proteger las fronteras. Ni la presencia de la reina Casandra, anunciando los múltiples logros del reino cada mañana, parecía detener un fenómeno tan peligroso como disidente, que se expandía entre algunos círculos, el pensamiento crítico.

Mientras en los folletos todo era progreso, en las calles la pobreza aumentaba en silencio, con labradores agotados por la inseguridad y los muertos. Lo que había comenzado con algunas sugerencias amistosas a escritores y bardos sobre su obra, sus narraciones y sus canciones. Se había corrompido para dar paso a una sola verdad que, luego de tantos años, no se podía distinguir de la ficción erigida para detener a los otros.

La mitología cuenta que en las postrimerías del reino la corrupción florecía como hiedra venenosa. Casandra, que ya había reemplazado a su padre, se aislaba en su torre de marfil, ignoraba los informes reales, prefiriendo prometer futuros cada mañana a un reino afincado en el pasado.

El reino, una vez inquebrantable, se erosionaba desde dentro, mostrando en su deterioro que la discrecionalidad gubernamental, junto con censura e intolerancia a otras ideas, no es salvación, sino el rumbo a una decadencia inevitable.

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